Cinco orejas en la encerrona de Antonio Ferrera en Badajoz

José Luis González

Cuando un torero se enfrenta al reto de matar seis toros en solitario sus preocupaciones suelen ser dos: el fondo físico y el repertorio artístico. En la actualidad todos los toreros cuidan su preparación como atletas. Ferrera también. Otra cosa es el repertorio artístico, en el caso de Ferrera, muy limitado. Por lo que buscó romper la monotonía por la vía del esperpento. Pero no adelantemos acontecimientos, empecemos por el principio. Y el inicio, fue un presagio de los que nos esperaba: pesadez.

Comenzó el paseíllo acompañado del himno de Extremadura en lugar del clásico pasodoble, por lo que los toreros debieron esperar a su finalización sin deshacer las filas, para seguir esperando durante el minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del Covid-19 y para seguir, a continuación, con el himno nacional. En lo propiamente taurino, se lidiaron seis toros de Zalduendo bien presentados, todos entre los 545 y los 565 kilos. Los dos primeros flojos y facilones. El tercero, manso con genio y dificultad. Cuarto y quinto, de embestida descompuesta pero sin maldad y el sexto, manso al que se le hizo todo al revés.

Ferrera no consiguió cuajar ninguno con el capote. Alguna verónica suelta, alguna media, galleos y chicuelinas al paso sin ninguna gracia, pero ninguna tanda que consiguiese desgarrar las gargantas de los espectadores. Con la muleta la misma monotonía, derechazos y naturales sin brillo. Ferrera suele torear despegado y abusando del pico de la muleta. Así lo hizo con los nobles primero y segundo. Con el cuarto y quinto, las distancias aumentaron. Sin embargo, al tercero, el más difícil, se lo paso más cerca. ¿Quién entiende a estos toreros?
El sainete alcanzó su punto álgido a la hora de entrar a matar. A los cinco primeros los pasaportó con ese engendro de suerte de matar inventada por el propio Ferrera que consiste en situarse lejos del toro y aproximarse hacia él con la espada en alto esperando que el toro se arranque, pero en el momento del embroque, el diestro en lugar de pasar al toro con la muleta, daba un paso lateral, lo que se traducía en estocadas siempre defectuosas. Solo en el cuarto, al no arrancarse el toro, terminó la carrera echándose sobre él y cobrando una estocada al volapié. La única estocada en su sitio de toda la tarde.

Por el camino, Ferrera dejo numerosas escenas fuera de lugar que harán que se recuerde la tarde más por sus extravagancias que por el resultado artístico, empezando por la suerte de varas realizada al segundo, con el caballo en los medios y el toro en el tercio a favor de la querencia de chiqueros. Justo lo contrario de lo que marca la lógica para juzgar la bravura del toro. Pero el esperpento total llegó en el sexto toro. En este se rompieron todas las normas y su lidia se convirtió en una capea de pueblo, sin ningún orden ni respeto a las normas.

Con los picadores aún en el ruedo, el matador puso un primer par de banderillas, luego tras recogerse los montados, Ferrera dejó a los sobresalientes realizar sendos quites, tras los que se le pusieron otros dos pares de banderillas, esta vez a cargo de la cuadrilla. Finalmente, el propio matador puso un cuarto par en el que sufrió una aparatosa cogida de la que salió milagrosamente ileso. Imposible saber si el toro no tenía nada o fue malogrado por tan desastrosa lidia.

Al final, la que debía ser una tarde histórica para Antonio Ferrera no pasó de ser una tarde más con el toreo de todas las tardes.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Badajoz. Toros de Zalduendo.

Antonio Ferrera, actuó en solitario: Oreja, oreja, ovación tras aviso, dos orejas, ovación tras aviso y oreja.

Imagen: Fusión Internacional de Tauromaquia FIT (@fitauromaquia en Twitter)
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